miércoles, 31 de diciembre de 2014

Camino del océano.

Esta es una historia que escribí en verano de 2009.



Camino del océano

En una habitación sombría, iluminada solo por la  luz del ocaso, decorada sobriamente pero con objetos de gran calidad. 
Una mujer contempla por la ventana el océano. Su semblante es triste, la melancolía se refleja en sus verdes ojos. Su larguísima melena de fuego le cae libre por la espalda.
Su piel es blanca como el mármol. No es muy alta, pero tiene una figura estilizada, realzada por un vestido blanco que se le ajusta a la cintura.
La gente que la conocía hablaba de ella como de una criatura singular, tanto por su belleza como por las extrañas circunstancias en las que había aparecido.
Su nombre era Livia.
Una niña se acerca a ella, despacio. No quiere perturbar el silencio del cuarto ni a su madre tan absorta en sus pensamientos.
Tiene cinco años, el pelo rojo y los ojos azules Es inteligente, tal vez demasiado madura para su edad. Se llama Lucrecia.
Rodea a su madre dificultosamente las piernas, con sus pequeños y delicados bracitos. Apoya su carita, y aspira el aroma dulce de su madre. Un olor indescriptible a naturaleza. La pena se apodera de ella cuando recuerda las canciones y cuentos fantásticos que le contaba Livia por las noches, antes de dormirse. Hacía muchos días que parecía haber olvidado este hábito. 
Apenas hablaba lo justo, con su extraño acento. Y tampoco sonreía.
La niña se quedó a su lado, sin que un mínimo sonido saliera de su boca, empatizando con ella. Pasó largo rato hasta que fue llamada por su padre, para que continuara con sus estudios en la habitación.
Livia besó a su hija, sonriendo con tristeza. Le dio un fuerte abrazo y luego la miró a los ojos. Entonces la empujó suavemente hacia la puerta, para que su padre no se impacientase demasiado.
Al día siguiente, al levantarse, Lucrecia fue a buscar a su madre a la sala donde pasaba tanto tiempo contemplando el mar embravecido. Era un día de verano caluroso, y excesivamente húmedo, el sol iluminaba los pasillos de la casa. Cuando llegó a la sala no la encontró, en su lugar halló a su padre. Abatido y pálido. Sus ojos azules brillaban por las lágrimas acumuladas de un llanto ahogado.
Junto a él estaban dos hombres, uno de uniforme tomando notas y el otro hablando en voz baja con su padre mientras apoyaba una mano en su hombro.
La niña tuvo miedo de acercarse, pues era evidente que algo malo había sucedido, y tenía que ver con su madre.
Retrocedió despacio, pero aún así tropezó con algo. Era el ama de llaves, una mujer buena de rostro redondeado y sonrisa afable. Le acarició el pelo a la pequeña con suavidad y la llevó con dulzura a su cuarto. Allí la dejó, sola. Lucrecia esperó pacientemente las malas noticias. Estaba nerviosa, jugaba violentamente con una muñeca de porcelana, de rojos labios y vacíos ojos. Acabó rompiéndole un dedo de la mano derecha.

Lucrecia no volvió a ver a su padre hasta la noche, después de un desesperado día. Mucho movimiento en la casa, aunque intentaban seguir con la rutina.
Einar entró en la habitación de su hija, sigilosamente. Aunque estaba casi seguro de que seguía despierta. Al oír la puerta ella se incorporó y le hizo un sitio a un lado de la cama. El padre se sentó. Durante un breve instante el silencio reinó en la sala.
-Lucrecia, tu madre se ha ido. Ha comenzado un largo viaje y no sé cuando volverá- Einar era un hombre al que no le gustaba andarse con rodeos. Su voz sonaba firme, aunque tenía un tono triste y  apenas se le oía.
-Volverá pronto. Si fuera a hacer un viaje me llevaría con ella, o al menos se hubiera despedido… -la voz de la niña sonaba preocupada, aunque esperanzada.
-Intenta no pensar en ello.-le decía él mientras le acariciaba las mejillas- Debes ser fuerte. No te pongas triste. 
Einar intentaba convencer a su hija. Sabía que aunque intentaba complacerle asintiendo a todo ella, pero no se creía nada. Él estaba seguro, su mujer estaba muerta.
Conocía a Livia, jamás se hubiera marchado así abandonando a su hija. Aunque no habían hallado su cuerpo adivinaba que podría haber hecho. Podría haberse arrojado al mar, sentía una fuerte atracción por este elemento natural.  En su vida junto a ella éste siempre había tenido su lugar.
Le dio un beso en la frente y se levantó de la cama. Intentaba ocultar su angustia, pero le costaba mucho recordando los buenos momentos con ella. Dejó la habitación cerrando suavemente la puerta.
Lucrecia se quedó a solas en su cuarto mirando la ventana desde su cama. La luna arrojaba una luz intensa y mágica. Por la ventana abierta se filtraba una suave brisa marina. Se durmió mirando las estrellas y pensando en su madre.
Esa noche soñó con ella. La veía en la playa, descalza sobre la arena y vestida con un ligero camisón de color azul. Estaba de espaldas, pero al percatarse de su presencia giró la cabeza, sonriéndole dulcemente. Lucrecia corrió hacia ella y se lanzó a sus brazos. Ella la beso. Cogidas de la mano se miraban. Sin darse cuenta el agua les había alcanzado, pues estaban el la orilla. Entonces su madre miró el horizonte y sin soltarle de la mano comenzó a adentrarse en el mar. La niña empezó a asustarse. Su madre se entristeció, entonces la soltó.
-Volveremos a vernos.
Comenzó  a llorar. En ese momento se despertó.
Era muy temprano, pero ya había empezado a salir el sol.
Se desperezó estirando sus bracitos hacia el techo. Se incorporó despacio y se puso las zapatillas. Se apartó los rizos de la cara.
Cuando cruzó la puerta se dio cuenta del silencio reinante en la vivienda.  Desayunó y fue a ver a su padre. Entró en la habitación y le vio encorvado sobre unos papeles con la mano apoyada en la frente. El escritorio estaba cerca de la ventana, para aprovechar bien la luz natural para el trabajo. La niña se acercó y su padre la abrazó con fuerza.
Empezó a relatarle cómo había conocido a su madre, cuando él era todavía un muchacho pobre. Un marinero. Mientras trabajaba, estudiaba también para tener un mejor porvenir.
En uno de sus viajes desembarcaron en una isla  a unas cuantas millas de su pueblo. Aunque todos sus compañeros se decantaron por la cerveza y las mujeres, él se fue a pasear por las estrechas calles de la villa. En una esquina cerca del puerto vio un bulto marrón. Cuando pasó a su lado sus ojos se encontraron con los de una niña, eran de un verde intenso, grandes e inocentes. Ella estaba muy pálida y parecía que tenía frío. Intentó hablar con ella, pero no le entendía. No hablaban el mismo idioma. La ayudó a levantarse y se la llevó, sujetándola por la cintura.
En la pensión donde se alojaba se dio cuenta de que era una muchachita. Parecía que tenía unos catorce o quince años y una melena pelirroja muy bonita. Tenía un aspecto frágil.
Se enamoró de ella. Ella sentía  admiración por él. Se la llevó consigo.

Eso fue lo que le contó a su hija.
Ella se quedó pensativa, meditando sobre lo que le había dicho su padre. Es posible que Livia hubiera vuelto a esa isla donde Einar la había conocido. Pero, ¿cómo iba ella a ir a buscarla si le tenía tanto miedo al mar?,¿cómo subiría en un barco sola?.
Siendo una niña razonable, como lo era ella, lo habló con su padre.
Éste le contestó que ni hablar, no saldría de esa casa y menos sola.
Lucrecia no lloró, ni mucho menos. Estaba convencida de que lo iba a hacer. No tenía sentido permanecer en una casa donde todo era tristeza y deberes. Sabía que encontraría a su madre.
Cogió unas monedas  de una pequeña caja de madera que estaba debajo de su cama, las metió en uno de los bolsillos de la falda y se dirigió hasta la cocina, donde cogió algunas galletas y bebió leche. Luego salió por el jardín, sin que nadie se percatase de su ausencia hasta pasados unos minutos.
Sin saber muy bien por dónde iba  avanzó sin miedo, segura de sí misma, ajena a cualquier peligro que pudiese acecharla.  Caminaba con la cabeza muy alta, la mirada fija al frente y completamente absorta en sus pensamientos. Iba deprisa, pero con cuidado.  Solamente sabía que tenía que llegar hasta el puerto.
Cuando llegó  a su destino ya había pasado una hora, más o menos. No estaba cansada, y había gastado parte de sus provisiones.
Eran las cinco de la tarde, el muelle estaba lleno de personas que iban y venían a toda prisa. Mucha gente la miraba con extrañeza.
 Sólo una señora se paró para preocuparse por ella. La niña le preguntó si sabía dónde estaba el barco que iba a la isla. Ella insistió en llevarla consigo para buscar a sus padres. Se zafó como pudo y echó a correr, subiendo por la pasarela del primer barco que encontró. Estaba a punto de partir.
Su intención era comprar un billete, pero con el percance no hubo tiempo para eso. Se escondía entre la gente, hasta que llegó a un lugar que le pareció apropiado para esconderse.
Pasó una hora, y el tiempo comenzó a empeorar. La niña se resguardaba al lado de unos barriles en la cubierta, tapada  por un saco de patatas desechado. El miedo la invadía, se intentaba calmar a sí misma con pensamientos felices de tiempos pasados. El sol, su casa, la playa… recordaba a su madre con el rostro radiante, llamándola a su lado mientras se mojaba las piernas.
La desesperación afloraba, sus lágrimas se mezclaban con el agua que le salpicaba. En un momento, el barco se balanceó violentamente, dejando caer a la niña hasta la barandilla. Se había quedado con medio cuerpo fuera. Todos sus esfuerzos por subir resultaron inútiles.
Cuando se le había agotado casi por completo la energía, oyó una voz conocida que venía del mar. La llamaba por su nombre. Miró y allí estaba Livia, alzando los brazos.
-No tengas miedo. Ven conmigo.
La niña creía estar soñando. Se le resbalaron las manos y cayó entre gritos.
Se hundió en el agua. Caía sin remedio hacia el fondo, hasta que unos brazos la sujetaron. Abrió los ojos. Su madre la sonreía. La besó en los labios, transmitiéndole la capacidad de respirar bajo el agua.
-No sé nadar.
- Ya lo estás haciendo. Ahora estamos en casa y siempre estaremos juntas.
Bucearon, explorando el océano y camino de su hogar. 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La noche más larga del año.


Se va acercando el solsticio de invierno . El 21 de diciembre. Los wiccanos llaman Yule a este solsticio.
Es la noche más larga del año, señala la muerte de este y el nacimiento del nuevo.

Yule es una fiesta del fuego que conmemora el renacimiento del sol.

El solsticio es una época de renacimiento y renovación. Momento en que debemos dejar atrás el viejo año y mirar hacia delante.

En  esta época. se celebra una última fiesta en espera de la primavera.
He aquí una receta (Dallas Jennifer Cobb) en honor al dios Sol y el santo renacimiento.
Sirve para reconfortar el hogar.

Sidra caliente con especias.

1 litro de sidra
Naranjas (para representar el sol)
12 clavos enteros
1/8 cucharada nuez moscada
1/2 cucharada canela molida
Ramas de canela 
Miel al gusto

En una cacerola calentar la sidra, que representa a la diosa y verter unas rodajas de naranja, que representan al dios Sol y las especias. Hervir a fuego lento durante al menos media hora. Esta cocción lenta une a los dioses.
Se vierte el líquido con una rodaja de naranja en cada taza y una rama de canela.
Servir.



domingo, 7 de diciembre de 2014

Filosofía?



1- Amor
-Cuatro elementos.
-Mezcla originaria.

2-Amor/Odio
-Aparición del cosmos/seres.

3-Odio
-Separación total.(CAOS)

4-Odio/Amor
-Aparición del cosmos/ seres.

5-Amor.
-Conocimiento de lo semejante.