Se sentó con los billetes de avión en la mano, mirándolos
como hipnotizada. No parpadeaba, apenas notaba su propia respiración. Era como
si hubiese caído en el vacío, aislada de todo y de todos.
Pasaron los días y sonaba el teléfono, pero nunca
contestaba. Después de haber regalado el viaje a una amiga se encerró en casa
sin tener contacto con nadie. La llamaban sus padres, sus hermanos y sus
amigos. El móvil estaba lleno de mensajes, como pasaba con su e-mail. Después de un tiempo decidió apagar y
desconectar los teléfonos, y si venía alguien no abría. Hablaba a través de la
puerta intentando tranquilizar a los que se preocupaban por ella.
No había derramado una sola lágrima. Caminaba por su casa
como un alma en pena, pensando. Pensando por qué se había marchado. Qué habría
hecho mal. Se dejaba ahogar en su dolor.
Al pasar por la entrada de la casa se paró ante el enorme
espejo. Era un armario de tres puertas, que llegaba casi hasta el techo. No le
gustaba lo que contemplaba: su pelo sucio de cuatro días pegado a la cabeza, la
camiseta sucia de manchas de todo tipo. Al llevar pantalones cortos se notó las
piernas más delgadas. Estaba más pálida que de costumbre. Se acarició la cara
como comprobando que siguiese allí, sintiendo el tacto graso de su piel. Se miró
a los ojos y se sobresaltó al ver unas ojeras abultadas, de tono violeta.
Levantó las cejas y apartó la vista. Ya era suficiente.