domingo, 31 de julio de 2016

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Se sentó con los billetes de avión en la mano, mirándolos como hipnotizada. No parpadeaba, apenas notaba su propia respiración. Era como si hubiese caído en el vacío, aislada de todo y de todos.
Pasaron los días y sonaba el teléfono, pero nunca contestaba. Después de haber regalado el viaje a una amiga se encerró en casa sin tener contacto con nadie. La llamaban sus padres, sus hermanos y sus amigos. El móvil estaba lleno de mensajes, como pasaba con su e-mail.  Después de un tiempo decidió apagar y desconectar los teléfonos, y si venía alguien no abría. Hablaba a través de la puerta intentando tranquilizar a los que se preocupaban por ella.
No había derramado una sola lágrima. Caminaba por su casa como un alma en pena, pensando. Pensando por qué se había marchado. Qué habría hecho mal.  Se dejaba ahogar en su dolor.

Al pasar por la entrada de la casa se paró ante el enorme espejo. Era un armario de tres puertas, que llegaba casi hasta el techo. No le gustaba lo que contemplaba: su pelo sucio de cuatro días pegado a la cabeza, la camiseta sucia de manchas de todo tipo. Al llevar pantalones cortos se notó las piernas más delgadas. Estaba más pálida que de costumbre. Se acarició la cara como comprobando que siguiese allí, sintiendo el tacto graso de su piel. Se miró a los ojos y se sobresaltó al ver unas ojeras abultadas, de tono violeta. Levantó las cejas y apartó la vista. Ya era suficiente.

sábado, 30 de julio de 2016

1



La vida de Olivia se vino abajo en un momento.
Esa mañana se había despertado al lado de su novio y le besó como cada día en la espalda, antes de levantarse. Esta vez él no reaccionó.
Era el último día de trabajo antes de sus vacaciones y estaba ansiosa por llegar a casa y celebrarlo con él. Los minutos parecían horas…
Cuando por fin llegó el final de la jornada se despidió a toda prisa y fue lo más rápido que pudo a su casa, a tan solo unas calles de allí.
Al llegar gritó su nombre con alegría anunciándole su llegada. Pero nadie respondió. En su lugar  la recibió  Pity, el gato callejero que había adoptado un par de años atrás.
Colgó su bolso de una percha y le buscó. Al principio pensó que se trataba de una broma, hasta que al llegar al cuarto de baño vio una nota en el espejo:
-Han sido unos años maravillosos. Pero se acabó. No me busques.

Leyó el mensaje un par de veces. No había lugar a confusión.