sábado, 16 de agosto de 2014

Sin título V. Fin.


-¿Por qué nadie le ha contado lo que pasó?. Cielo, estás aquí por tu vecina. Sí, la de abajo. Según me ha contado la vecina de al lado os oyó discutir. Se la oía sobre todo a ella, dijo. Gritando. Dijo que os iba a hacer la vida imposible. Luego, por lo visto hubo un momento de silencio. Después se oyeron unos gritos terribles. Esta mujer, tu vecina de al lado, salió para ver qué pasaba y vio como arrastrabas a esa bruja por los pelos hacia dentro.

Mientras me contaba tenía a mi niña pequeña sobre mis piernas y a la mayor la abrazaba por la cintura. Tuve que levantarme porque me empezaba a marear y sentía nauseas. Vomité en un seto que había cerca.
Mi padre se levantó y fue a buscarme. Me llevó otra vez a la mesa y me ayudó a sentarme.
Mi hermana cambió de expresión. Parecía arrepentida de habérmelo contado. Aunque seguramente sólo por haber causado ese efecto en mí.

-No te preocupes cariño- me dijo ella-. No fue para tanto.
-Calla de una vez.-le dijo mi padre irritado.
-Déjala -le dije secamente-.Cuéntame lo que pasó. No puedo seguir así.

Mi hermana me cogió de la mano y me miró a los ojos. Me acarició la cara.
-Yo creo que es lo mejor-dijo sonriendo-. Ya está bien de tanta mierda.
La metiste en tu casa arrastrándola por los pelos y cerraste la puerta. En ningún momento se dejaron de oír sus gritos, según me contaron. Cuando llegó la policía os encontró en la cocina. Le habías metido un trapo en la boca y estaba atada de pies y manos con cinta aislante. Estabas sentada encima de ella, rajándole los muslos. Ya le habías marcado la cara (le van a quedar unas buenas cicatrices). A la policía le costó mucho separarte de ella.

-Me llamaron para ir a recoger al bebé. Por suerte la mayor estaba en el colegio -intervino mi madre-. No debiste ni de oírla llorar. Me dijeron que estaba en la trona, en la cocina.

Cuando acabaron de contármelo me quedé paralizada. No recordaba nada. No sabía que decir. Supongo que me sentía aliviada por no haberla matado. Por muy asquerosa que sea tampoco merece la muerte, me dije.

-¿Cuánto tiempo tengo que estar aquí, mamá?

-Bastante, mi niña. Bastante.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Sin título IV



Estuve un par de días inconsciente. Cuando me desperté estaba atada a la cama otra vez. Empecé a tirar de los brazos, mover las piernas. Pero nada.
Sentía una mirada sobre mí. Sentada enfrente de mi cama había una chica muy delgada, alta y morena.
-Hermanitaaaa!-se acercó a mí y me abrazó.
Hacía demasiado tiempo que no la veía. Se había ido a trabajar fuera del país hacía un par de años y la habíamos visto muy poco desde entonces.
Me miró de arriba a abajo -Estás hecha una mierda!.
-Muchas gracias-le respondí. Riéndome con ganas, como no lo había hecho desde hacía tiempo.
-Espero que te quiten todo eso ya. Voy a hablar con tu médico. Hoy tienes más visitas. Están esperando fuera.

Al cabo de una media hora apareció la doctora. Me hizo preguntas y me valoró físicamente. Les pidió a los celadores que estaban detrás de ella que me desataran y me ayudasen a levantarme.
-Gracias, ya me ocupo yo.-dijo mi hermana agarrándome por la cintura.
-Bajo tu responsabilidad -le espetó la médica.

Me ayudó a recorrer los pasillos del centro. De vez en cuando se me doblaban las rodillas, pero no paramos ni un momento.
Llegamos por fin al hall, a la entrada del centro. Había una puerta a la izquierda que daba a un jardín precioso. Caminamos hacia allí.
Hacía un día espléndido. El sol brillaba, tal vez demasiado para mis ojos acostumbrados ya a los fluorescentes. Era un día caluroso, por lo que se veía, gente sudada y mangas cortas. Yo tenía un poco de frío.
En una mesa en medio del jardín vi a mis padres, de espaldas había una niña inclinada sobre la mesa (seguro que dibujaba) y mi bebé, correteando alrededor. Aceleré el paso.
Abracé por detrás a mi niña mayor, que se aferró a mi cuello y me llenó de besos.
-Mamá!.- la pequeña vino corriendo hacia mí y se agarró a mis piernas. Me agaché para poder abrazarla también sin tener que levantarla.
Cuando las niñas dejaron de besarme y abrazarme mi padre se acercó, y me puso la mano en el hombro. Me dio un beso en la mejilla.-Estás mejor que la última vez que te vi.
-Sí, aunque la sangre por todas partes tampoco te sienta tan mal.-soltó alegremente mi hermana. Me guió un ojo.
Me quedé perpleja.

-

domingo, 10 de agosto de 2014

Sin título III





Me desplacé por el pasillo apoyándome en la pared. A lo lejos había un mostrador. Desde donde yo estaba no se veía a nadie, así que seguí avanzando hasta que oi una voz familiar. Se me encogió el corazón al darme cuenta de que era la de mi madre. Desde la muerte de mi marido se había convertido en mi mejor apoyo. Seguro que las niñas estaban con ella.

Me caí al intentar ir más rápido.

Al oir el golpe la recepcionista se acercó a toda prisa pidiendo ayuda. Mi madre miraba de lejos hasta que se dio cuenta de que la que estaba en el suelo era su hija. Se puso a gritar mi nombre.

- ¿Dónde están mis niñas?- le pregunté cuando estaba a mi lado.

Se tapó la cara con las manos y se dio la vuelta.

Sentí como si me hubieran clavado un puñal en el estómago. Empecé a atar cabos.

Tenía que haber pasado algo muy grave para que me hubiesen atado y llevase varios días inconsciente. Nadie quería hablarme de las niñas.




Alguien me ayudó a ponerme en pie, pero apenas podía sostenerme porque se me doblaban las rodillas.

Mi madre se acercó y me abrazó, besándome toda la cara. Sentí un alivio enorme en ese momento. Estaba segura de que jamás lo hubiera hecho si les hubiese hecho daño a mis niñas. Sonreí.

- Las niñas están bien. Estamos cuidando de ellas. No te preocupes, cielo.




Me ayudaron a llegar a la habitación. Era como si me hubiesen quitado una losa de encima. Me dejaron sentada en la cama. Mi madre se sentó a mi lado y se puso a rebuscar en su bolso.

El hombre alto y corpulento nos vigilaba, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Al cabo de un rato mi madre consiguió encontrar su móvil. Fue pasando el dedo por la pantalla. Cada vez más deprisa, impaciente. Es rato se me hizo eterno. Me mostró la pantalla. Era una foto de mis hijas (vivas y felices). Fue pasando y vi más fotos. Debía de ser verano porque estaban morenitas y en alguna salían con bañador en la playa. Estaban preciosas.

Una sensación de felicidad y bienestar me invadió, de las entrañas hasta el pecho.




-No te preocupes cariño. Pasarás aquí una temporada. Pero volverás a casa -dijo mi madre no muy convencida.

- ¿Por qué estoy aquí?

-Estás muy pálida. Y delgada.¿Te dan bien de comer aquí?.

-No lo sé. No recuerdo nada desde hace mucho tiempo. ¿Qué ha pasado?.

Vi que le cambiaba la expresión al gorila de blanco. Era un tío muy desagradable. Se acercó a mi madre de mala leche y la levantó bruscamente por el brazo.

-Se acabó el tiempo de visita,señora.

En aquel momento perdí el control de mí misma. Me levanté y le di una patada en los huevos, y mientras se agachaba un rodillazo en el estómago.

Chillaba como un cerdo.

Cuando estaba a punto de patearle la cabeza entraron unos celadores y me sujetaron por los brazos. Una enfermera que venía tras ellos me inyectó algo. Lo último que vi fue la cara de horror de mi madre.