Esta es una historia que escribí en verano de 2009.
Camino del océano
En una habitación sombría, iluminada solo por la luz del ocaso, decorada sobriamente pero con objetos de gran calidad.
Una mujer contempla por la ventana el océano. Su semblante es triste, la melancolía se refleja en sus verdes ojos. Su larguísima melena de fuego le cae libre por la espalda.
Su piel es blanca como el mármol. No es muy alta, pero tiene una figura estilizada, realzada por un vestido blanco que se le ajusta a la cintura.
La gente que la conocía hablaba de ella como de una criatura singular, tanto por su belleza como por las extrañas circunstancias en las que había aparecido.
Su nombre era Livia.
Una niña se acerca a ella, despacio. No quiere perturbar el silencio del cuarto ni a su madre tan absorta en sus pensamientos.
Tiene cinco años, el pelo rojo y los ojos azules Es inteligente, tal vez demasiado madura para su edad. Se llama Lucrecia.
Rodea a su madre dificultosamente las piernas, con sus pequeños y delicados bracitos. Apoya su carita, y aspira el aroma dulce de su madre. Un olor indescriptible a naturaleza. La pena se apodera de ella cuando recuerda las canciones y cuentos fantásticos que le contaba Livia por las noches, antes de dormirse. Hacía muchos días que parecía haber olvidado este hábito.
Apenas hablaba lo justo, con su extraño acento. Y tampoco sonreía.
La niña se quedó a su lado, sin que un mínimo sonido saliera de su boca, empatizando con ella. Pasó largo rato hasta que fue llamada por su padre, para que continuara con sus estudios en la habitación.
Livia besó a su hija, sonriendo con tristeza. Le dio un fuerte abrazo y luego la miró a los ojos. Entonces la empujó suavemente hacia la puerta, para que su padre no se impacientase demasiado.
Al día siguiente, al levantarse, Lucrecia fue a buscar a su madre a la sala donde pasaba tanto tiempo contemplando el mar embravecido. Era un día de verano caluroso, y excesivamente húmedo, el sol iluminaba los pasillos de la casa. Cuando llegó a la sala no la encontró, en su lugar halló a su padre. Abatido y pálido. Sus ojos azules brillaban por las lágrimas acumuladas de un llanto ahogado.
Junto a él estaban dos hombres, uno de uniforme tomando notas y el otro hablando en voz baja con su padre mientras apoyaba una mano en su hombro.
La niña tuvo miedo de acercarse, pues era evidente que algo malo había sucedido, y tenía que ver con su madre.
Retrocedió despacio, pero aún así tropezó con algo. Era el ama de llaves, una mujer buena de rostro redondeado y sonrisa afable. Le acarició el pelo a la pequeña con suavidad y la llevó con dulzura a su cuarto. Allí la dejó, sola. Lucrecia esperó pacientemente las malas noticias. Estaba nerviosa, jugaba violentamente con una muñeca de porcelana, de rojos labios y vacíos ojos. Acabó rompiéndole un dedo de la mano derecha.
Lucrecia no volvió a ver a su padre hasta la noche, después de un desesperado día. Mucho movimiento en la casa, aunque intentaban seguir con la rutina.
Einar entró en la habitación de su hija, sigilosamente. Aunque estaba casi seguro de que seguía despierta. Al oír la puerta ella se incorporó y le hizo un sitio a un lado de la cama. El padre se sentó. Durante un breve instante el silencio reinó en la sala.
-Lucrecia, tu madre se ha ido. Ha comenzado un largo viaje y no sé cuando volverá- Einar era un hombre al que no le gustaba andarse con rodeos. Su voz sonaba firme, aunque tenía un tono triste y apenas se le oía.
-Volverá pronto. Si fuera a hacer un viaje me llevaría con ella, o al menos se hubiera despedido… -la voz de la niña sonaba preocupada, aunque esperanzada.
-Intenta no pensar en ello.-le decía él mientras le acariciaba las mejillas- Debes ser fuerte. No te pongas triste.
Einar intentaba convencer a su hija. Sabía que aunque intentaba complacerle asintiendo a todo ella, pero no se creía nada. Él estaba seguro, su mujer estaba muerta.
Conocía a Livia, jamás se hubiera marchado así abandonando a su hija. Aunque no habían hallado su cuerpo adivinaba que podría haber hecho. Podría haberse arrojado al mar, sentía una fuerte atracción por este elemento natural. En su vida junto a ella éste siempre había tenido su lugar.
Le dio un beso en la frente y se levantó de la cama. Intentaba ocultar su angustia, pero le costaba mucho recordando los buenos momentos con ella. Dejó la habitación cerrando suavemente la puerta.
Lucrecia se quedó a solas en su cuarto mirando la ventana desde su cama. La luna arrojaba una luz intensa y mágica. Por la ventana abierta se filtraba una suave brisa marina. Se durmió mirando las estrellas y pensando en su madre.
Esa noche soñó con ella. La veía en la playa, descalza sobre la arena y vestida con un ligero camisón de color azul. Estaba de espaldas, pero al percatarse de su presencia giró la cabeza, sonriéndole dulcemente. Lucrecia corrió hacia ella y se lanzó a sus brazos. Ella la beso. Cogidas de la mano se miraban. Sin darse cuenta el agua les había alcanzado, pues estaban el la orilla. Entonces su madre miró el horizonte y sin soltarle de la mano comenzó a adentrarse en el mar. La niña empezó a asustarse. Su madre se entristeció, entonces la soltó.
-Volveremos a vernos.
Comenzó a llorar. En ese momento se despertó.
Era muy temprano, pero ya había empezado a salir el sol.
Se desperezó estirando sus bracitos hacia el techo. Se incorporó despacio y se puso las zapatillas. Se apartó los rizos de la cara.
Cuando cruzó la puerta se dio cuenta del silencio reinante en la vivienda. Desayunó y fue a ver a su padre. Entró en la habitación y le vio encorvado sobre unos papeles con la mano apoyada en la frente. El escritorio estaba cerca de la ventana, para aprovechar bien la luz natural para el trabajo. La niña se acercó y su padre la abrazó con fuerza.
Empezó a relatarle cómo había conocido a su madre, cuando él era todavía un muchacho pobre. Un marinero. Mientras trabajaba, estudiaba también para tener un mejor porvenir.
En uno de sus viajes desembarcaron en una isla a unas cuantas millas de su pueblo. Aunque todos sus compañeros se decantaron por la cerveza y las mujeres, él se fue a pasear por las estrechas calles de la villa. En una esquina cerca del puerto vio un bulto marrón. Cuando pasó a su lado sus ojos se encontraron con los de una niña, eran de un verde intenso, grandes e inocentes. Ella estaba muy pálida y parecía que tenía frío. Intentó hablar con ella, pero no le entendía. No hablaban el mismo idioma. La ayudó a levantarse y se la llevó, sujetándola por la cintura.
En la pensión donde se alojaba se dio cuenta de que era una muchachita. Parecía que tenía unos catorce o quince años y una melena pelirroja muy bonita. Tenía un aspecto frágil.
Se enamoró de ella. Ella sentía admiración por él. Se la llevó consigo.
Eso fue lo que le contó a su hija.
Ella se quedó pensativa, meditando sobre lo que le había dicho su padre. Es posible que Livia hubiera vuelto a esa isla donde Einar la había conocido. Pero, ¿cómo iba ella a ir a buscarla si le tenía tanto miedo al mar?,¿cómo subiría en un barco sola?.
Siendo una niña razonable, como lo era ella, lo habló con su padre.
Éste le contestó que ni hablar, no saldría de esa casa y menos sola.
Lucrecia no lloró, ni mucho menos. Estaba convencida de que lo iba a hacer. No tenía sentido permanecer en una casa donde todo era tristeza y deberes. Sabía que encontraría a su madre.
Cogió unas monedas de una pequeña caja de madera que estaba debajo de su cama, las metió en uno de los bolsillos de la falda y se dirigió hasta la cocina, donde cogió algunas galletas y bebió leche. Luego salió por el jardín, sin que nadie se percatase de su ausencia hasta pasados unos minutos.
Sin saber muy bien por dónde iba avanzó sin miedo, segura de sí misma, ajena a cualquier peligro que pudiese acecharla. Caminaba con la cabeza muy alta, la mirada fija al frente y completamente absorta en sus pensamientos. Iba deprisa, pero con cuidado. Solamente sabía que tenía que llegar hasta el puerto.
Cuando llegó a su destino ya había pasado una hora, más o menos. No estaba cansada, y había gastado parte de sus provisiones.
Eran las cinco de la tarde, el muelle estaba lleno de personas que iban y venían a toda prisa. Mucha gente la miraba con extrañeza.
Sólo una señora se paró para preocuparse por ella. La niña le preguntó si sabía dónde estaba el barco que iba a la isla. Ella insistió en llevarla consigo para buscar a sus padres. Se zafó como pudo y echó a correr, subiendo por la pasarela del primer barco que encontró. Estaba a punto de partir.
Su intención era comprar un billete, pero con el percance no hubo tiempo para eso. Se escondía entre la gente, hasta que llegó a un lugar que le pareció apropiado para esconderse.
Pasó una hora, y el tiempo comenzó a empeorar. La niña se resguardaba al lado de unos barriles en la cubierta, tapada por un saco de patatas desechado. El miedo la invadía, se intentaba calmar a sí misma con pensamientos felices de tiempos pasados. El sol, su casa, la playa… recordaba a su madre con el rostro radiante, llamándola a su lado mientras se mojaba las piernas.
La desesperación afloraba, sus lágrimas se mezclaban con el agua que le salpicaba. En un momento, el barco se balanceó violentamente, dejando caer a la niña hasta la barandilla. Se había quedado con medio cuerpo fuera. Todos sus esfuerzos por subir resultaron inútiles.
Cuando se le había agotado casi por completo la energía, oyó una voz conocida que venía del mar. La llamaba por su nombre. Miró y allí estaba Livia, alzando los brazos.
-No tengas miedo. Ven conmigo.
La niña creía estar soñando. Se le resbalaron las manos y cayó entre gritos.
Se hundió en el agua. Caía sin remedio hacia el fondo, hasta que unos brazos la sujetaron. Abrió los ojos. Su madre la sonreía. La besó en los labios, transmitiéndole la capacidad de respirar bajo el agua.
-No sé nadar.
- Ya lo estás haciendo. Ahora estamos en casa y siempre estaremos juntas.
Bucearon, explorando el océano y camino de su hogar.
miércoles, 31 de diciembre de 2014
miércoles, 10 de diciembre de 2014
La noche más larga del año.
Se va acercando el solsticio de invierno . El 21 de diciembre. Los wiccanos llaman Yule a este solsticio.
Es la noche más larga del año, señala la muerte de este y el nacimiento del nuevo.
Yule es una fiesta del fuego que conmemora el renacimiento del sol.
El solsticio es una época de renacimiento y renovación. Momento en que debemos dejar atrás el viejo año y mirar hacia delante.
En esta época. se celebra una última fiesta en espera de la primavera.
He aquí una receta (Dallas Jennifer Cobb) en honor al dios Sol y el santo renacimiento.
Sirve para reconfortar el hogar.
Sidra caliente con especias.
1 litro de sidra
Naranjas (para representar el sol)
12 clavos enteros
1/8 cucharada nuez moscada
1/2 cucharada canela molida
Ramas de canela
Miel al gusto
En una cacerola calentar la sidra, que representa a la diosa y verter unas rodajas de naranja, que representan al dios Sol y las especias. Hervir a fuego lento durante al menos media hora. Esta cocción lenta une a los dioses.
Se vierte el líquido con una rodaja de naranja en cada taza y una rama de canela.
Servir.
domingo, 7 de diciembre de 2014
Filosofía?
1- Amor
-Cuatro elementos.
-Mezcla originaria.
2-Amor/Odio
-Aparición del cosmos/seres.
3-Odio
-Separación total.(CAOS)
4-Odio/Amor
-Aparición del cosmos/ seres.
5-Amor.
-Conocimiento de lo semejante.
jueves, 27 de noviembre de 2014
Next to me
Tenerle tan cerca sin poder tocarle era una tortura.
Una mesa de cafetería nos separaba, pero según pasaba el tiempo nos íbamos acercando el uno al otro hasta que quedamos al lado.
Yo sonreía tímida y le oía hablar, sin escucharle realmente. Sostenía la taza de café por el asa, esperando el momento idóneo para llevarlo a la boca.
Le oía hablar. Sus palabras para mí eran como la lluvia que cae mientras me concentraba en mirar sus labios, absorta. Él me sonreía de vez en cuando.
No paraba en su discurso. Tomaba su café a sorbos muy pequeños y espaciados, con la excusa de que estaba demasiado caliente.
Nuestros muslos habían quedado uno al lado del otro. Muy cerca. Él llevaba su mano a lo largo de su pierna, como alisando el pantalón. De vez en cuando el dorso de su mano rozaba mi muslo. Yo fingía no darme cuenta, pero disfrutaba esas caricias furtivas.
La conversación seguía su curso, sin dar importancia a esos roces. Nos mirábamos a los ojos.
Al cabo de un rato terminamos nuestro café y nos levantamos.
Después de pagar nos marchamos y caminamos por la acera hasta llegar a nuestro punto de partida.
Besó mi pómulo derecho y luego el izquierdo. Éramos un par de amigos que se despedían.
-Un placer conocerte.
-Lo mismo digo. Nos veremos pronto.
-Eso espero.
Se dio la vuelta y se marchó, sin mirar atrás.
Nunca más supe de él.
Una mesa de cafetería nos separaba, pero según pasaba el tiempo nos íbamos acercando el uno al otro hasta que quedamos al lado.
Yo sonreía tímida y le oía hablar, sin escucharle realmente. Sostenía la taza de café por el asa, esperando el momento idóneo para llevarlo a la boca.
Le oía hablar. Sus palabras para mí eran como la lluvia que cae mientras me concentraba en mirar sus labios, absorta. Él me sonreía de vez en cuando.
No paraba en su discurso. Tomaba su café a sorbos muy pequeños y espaciados, con la excusa de que estaba demasiado caliente.
Nuestros muslos habían quedado uno al lado del otro. Muy cerca. Él llevaba su mano a lo largo de su pierna, como alisando el pantalón. De vez en cuando el dorso de su mano rozaba mi muslo. Yo fingía no darme cuenta, pero disfrutaba esas caricias furtivas.
La conversación seguía su curso, sin dar importancia a esos roces. Nos mirábamos a los ojos.
Al cabo de un rato terminamos nuestro café y nos levantamos.
Después de pagar nos marchamos y caminamos por la acera hasta llegar a nuestro punto de partida.
Besó mi pómulo derecho y luego el izquierdo. Éramos un par de amigos que se despedían.
-Un placer conocerte.
-Lo mismo digo. Nos veremos pronto.
-Eso espero.
Se dio la vuelta y se marchó, sin mirar atrás.
Nunca más supe de él.
viernes, 21 de noviembre de 2014
Hamburguesa de soja
Hoy he versionado las recetas que encontré por ahí para aprovechar soja verde que tenía por ahí.
Así quedaron:
Tienen mala pinta a lo mejor, pero están buenas.
Ingredientes:
-Soja verde cocida
-Pan rallado
-Huevo
-Cebolla
-Zanahoria cocida
-Avellanas crudas
-Un poco de salsa de sésamo
Batí la soja con cebolla, zanahoria y las avellanas.
Luego añadí el huevo y un poco de salsa de sésamo.
Después le fui añadiendo pan rallado hasta que tuvo un poco de consistencia.
Formé las hamburguesas y las fui friendo en bastante aceite.
martes, 18 de noviembre de 2014
Cambiando el cuento
Debería consultarlo, aunque siendo una persona con T.O.C (Transtorno Obsesivo Compulsivo) es normal que tenga fijación con alguna cosa.
Hoy he soñado con La Sirenita. Quizá se debiese al paseo que di ayer por la mañana por el muro de la playa, contemplando el mar revuelto. Sus preciosas olas de color verde oscuro. O puede que fuese por ver una foto de una chica con cola de sirena, hecha con Photoshop, muy chula.
Ahora mismo se me han olvidado detalles pero era básicamente esto:
Había dos príncipes. Uno se caía del barco por la tormenta, y el otro le echaba una red para ayudarle.
La Sirenita pasaba por allí, mirando al príncipe hundirse en las profundidades. Pero al pasar cerca de la red se enganchaba también por un alga que se había enredado en su cola. Los marineros levantaban la red con los dos.
Lo siguiente que recuerdo es que el príncipe había ordenado retener a la sirena y la ataban en un altar, en medio del barco. Ella se agitaba mientras todos la miraban y querían hacerla daño. Ella emitía un chillido, un sonido muy molesto para los humanos que les hacía alejarse, y algunos hasta caían por la borda.
Al final conseguía liberarse con la ayuda de algunos seres marinos y escapar.
lunes, 10 de noviembre de 2014
domingo, 9 de noviembre de 2014
miércoles, 22 de octubre de 2014
La Bailarina
La bailarina.
Había una vez una bailarina que llegó con sus músicos a la corte del príncipe de Birkasha. Admitida en la corte, bailó ante el príncipe al son del laúd, la flauta y la cítara.
Bailó la danza de las llamas, la danza de las espadas y las lanzas, la danza de las estrellas y del espacio. Por último bailó la danza de las flores y del viento.
Después se acercó al trono del príncipe e hizo una reverencia. El príncipe le pidió que subiera a su lado y le dijo:
"Hermosa mujer, hija de la gracia y del encanto, ¿desde cuando tienes ese arte?. ¿Cómo es que dominas a todos los elementos con tus ritmos y tus canciones?".
Y la bailarina inclinándose otra vez ante el príncipe, contestó:
"Poderosa y agraciada Majestad, no sé que responder a tus preguntas. Lo único que sé es que el alma del filósofo mora en su cabeza, que el alma del poeta se encuentra en su corazón, pero que el alma de la bailarina palpita en todo su cuerpo."
Khalil Gibran. El vagabundo. Lágrimas y sonrisas.
Había una vez una bailarina que llegó con sus músicos a la corte del príncipe de Birkasha. Admitida en la corte, bailó ante el príncipe al son del laúd, la flauta y la cítara.
Bailó la danza de las llamas, la danza de las espadas y las lanzas, la danza de las estrellas y del espacio. Por último bailó la danza de las flores y del viento.
Después se acercó al trono del príncipe e hizo una reverencia. El príncipe le pidió que subiera a su lado y le dijo:
"Hermosa mujer, hija de la gracia y del encanto, ¿desde cuando tienes ese arte?. ¿Cómo es que dominas a todos los elementos con tus ritmos y tus canciones?".
Y la bailarina inclinándose otra vez ante el príncipe, contestó:
"Poderosa y agraciada Majestad, no sé que responder a tus preguntas. Lo único que sé es que el alma del filósofo mora en su cabeza, que el alma del poeta se encuentra en su corazón, pero que el alma de la bailarina palpita en todo su cuerpo."
Khalil Gibran. El vagabundo. Lágrimas y sonrisas.
jueves, 16 de octubre de 2014
Aire
Eres, amor, como el aire.
Me envuelves en cálidas promesas y acaricias mi piel con dulces palabras, como una suave brisa de verano.
Pero no te puedo retener, no te puedo estrechar entre mis brazos cuando quiero.
Se puede hundir las manos en la tierra.
Se puede ver las llamas del fuego y sentir su calor. Incluso puedes tocarlo.
Se puede uno sumergir en el agua, beber y dejar caer entre los dedos.
Pero no se puede ver el aire. Ni tocar. Solo se puede sentir el viento según le de.
Susurras palabras en mis oídos, como murmullo entre las hojas de los árboles en otoño.
A veces sopla un gélido viento que me obliga a refugiarme.
Así eres aire, del que respiro.
lunes, 15 de septiembre de 2014
sábado, 16 de agosto de 2014
Sin título V. Fin.
-¿Por
qué nadie le ha contado lo que pasó?. Cielo, estás aquí por tu
vecina. Sí, la de abajo. Según me ha contado la vecina de al lado
os oyó discutir. Se la oía sobre todo a ella, dijo. Gritando. Dijo
que os iba a hacer la vida imposible. Luego, por lo visto hubo un
momento de silencio. Después se oyeron unos gritos terribles. Esta
mujer, tu vecina de al lado, salió para ver qué pasaba y vio como
arrastrabas a esa bruja por los pelos hacia dentro.
Mientras
me contaba tenía a mi niña pequeña sobre mis piernas y a la mayor
la abrazaba por la cintura. Tuve que levantarme porque me empezaba a
marear y sentía nauseas. Vomité en un seto que había cerca.
Mi
padre se levantó y fue a buscarme. Me llevó otra vez a la mesa y me
ayudó a sentarme.
Mi
hermana cambió de expresión. Parecía arrepentida de habérmelo
contado. Aunque seguramente sólo por haber causado ese efecto en mí.
-No
te preocupes cariño- me dijo ella-. No fue para tanto.
-Calla
de una vez.-le dijo mi padre irritado.
-Déjala
-le dije secamente-.Cuéntame lo que pasó. No puedo seguir así.
Mi
hermana me cogió de la mano y me miró a los ojos. Me acarició la
cara.
-Yo
creo que es lo mejor-dijo sonriendo-. Ya está bien de tanta mierda.
La
metiste en tu casa arrastrándola por los pelos y cerraste la puerta.
En ningún momento se dejaron de oír sus gritos, según me contaron.
Cuando llegó la policía os encontró en la cocina. Le habías
metido un trapo en la boca y estaba atada de pies y manos con cinta
aislante. Estabas sentada encima de ella, rajándole los muslos. Ya
le habías marcado la cara (le van a quedar unas buenas cicatrices).
A la policía le costó mucho separarte de ella.
-Me
llamaron para ir a recoger al bebé. Por suerte la mayor estaba en el
colegio -intervino mi madre-. No debiste ni de oírla llorar. Me
dijeron que estaba en la trona, en la cocina.
Cuando
acabaron de contármelo me quedé paralizada. No recordaba nada. No
sabía que decir. Supongo que me sentía aliviada por no haberla
matado. Por muy asquerosa que sea tampoco merece la muerte, me dije.
-¿Cuánto
tiempo tengo que estar aquí, mamá?
-Bastante,
mi niña. Bastante.
miércoles, 13 de agosto de 2014
Sin título IV
Estuve
un par de días inconsciente. Cuando me desperté estaba atada a la
cama otra vez. Empecé a tirar de los brazos, mover las piernas. Pero
nada.
Sentía
una mirada sobre mí. Sentada enfrente de mi cama había una chica
muy delgada, alta y morena.
-Hermanitaaaa!-se
acercó a mí y me abrazó.
Hacía
demasiado tiempo que no la veía. Se había ido a trabajar fuera del
país hacía un par de años y la habíamos visto muy poco desde
entonces.
Me
miró de arriba a abajo -Estás hecha una mierda!.
-Muchas
gracias-le respondí. Riéndome con ganas, como no lo había hecho
desde hacía tiempo.
-Espero
que te quiten todo eso ya. Voy a hablar con tu médico. Hoy tienes
más visitas. Están esperando fuera.
Al
cabo de una media hora apareció la doctora. Me hizo preguntas y me
valoró físicamente. Les pidió a los celadores que estaban detrás
de ella que me desataran y me ayudasen a levantarme.
-Gracias,
ya me ocupo yo.-dijo mi hermana agarrándome por la cintura.
-Bajo
tu responsabilidad -le espetó la médica.
Me
ayudó a recorrer los pasillos del centro. De vez en cuando se me
doblaban las rodillas, pero no paramos ni un momento.
Llegamos
por fin al hall, a la entrada del centro. Había una puerta a la
izquierda que daba a un jardín precioso. Caminamos hacia allí.
Hacía
un día espléndido. El sol brillaba, tal vez demasiado para mis ojos
acostumbrados ya a los fluorescentes. Era un día caluroso, por lo
que se veía, gente sudada y mangas cortas. Yo tenía un poco de
frío.
En
una mesa en medio del jardín vi a mis padres, de espaldas había una
niña inclinada sobre la mesa (seguro que dibujaba) y mi bebé,
correteando alrededor. Aceleré el paso.
Abracé
por detrás a mi niña mayor, que se aferró a mi cuello y me llenó
de besos.
-Mamá!.-
la pequeña vino corriendo hacia mí y se agarró a mis piernas. Me
agaché para poder abrazarla también sin tener que levantarla.
Cuando
las niñas dejaron de besarme y abrazarme mi padre se acercó, y me
puso la mano en el hombro. Me dio un beso en la mejilla.-Estás mejor
que la última vez que te vi.
-Sí,
aunque la sangre por todas partes tampoco te sienta tan mal.-soltó
alegremente mi hermana. Me guió un ojo.
Me
quedé perpleja.
-
domingo, 10 de agosto de 2014
Sin título III
Me desplacé por el pasillo apoyándome en la pared. A lo lejos había un mostrador. Desde donde yo estaba no se veía a nadie, así que seguí avanzando hasta que oi una voz familiar. Se me encogió el corazón al darme cuenta de que era la de mi madre. Desde la muerte de mi marido se había convertido en mi mejor apoyo. Seguro que las niñas estaban con ella.
Me caí al intentar ir más rápido.
Al oir el golpe la recepcionista se acercó a toda prisa pidiendo ayuda. Mi madre miraba de lejos hasta que se dio cuenta de que la que estaba en el suelo era su hija. Se puso a gritar mi nombre.
- ¿Dónde están mis niñas?- le pregunté cuando estaba a mi lado.
Se tapó la cara con las manos y se dio la vuelta.
Sentí como si me hubieran clavado un puñal en el estómago. Empecé a atar cabos.
Tenía que haber pasado algo muy grave para que me hubiesen atado y llevase varios días inconsciente. Nadie quería hablarme de las niñas.
Alguien me ayudó a ponerme en pie, pero apenas podía sostenerme porque se me doblaban las rodillas.
Mi madre se acercó y me abrazó, besándome toda la cara. Sentí un alivio enorme en ese momento. Estaba segura de que jamás lo hubiera hecho si les hubiese hecho daño a mis niñas. Sonreí.
- Las niñas están bien. Estamos cuidando de ellas. No te preocupes, cielo.
Me ayudaron a llegar a la habitación. Era como si me hubiesen quitado una losa de encima. Me dejaron sentada en la cama. Mi madre se sentó a mi lado y se puso a rebuscar en su bolso.
El hombre alto y corpulento nos vigilaba, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Al cabo de un rato mi madre consiguió encontrar su móvil. Fue pasando el dedo por la pantalla. Cada vez más deprisa, impaciente. Es rato se me hizo eterno. Me mostró la pantalla. Era una foto de mis hijas (vivas y felices). Fue pasando y vi más fotos. Debía de ser verano porque estaban morenitas y en alguna salían con bañador en la playa. Estaban preciosas.
Una sensación de felicidad y bienestar me invadió, de las entrañas hasta el pecho.
-No te preocupes cariño. Pasarás aquí una temporada. Pero volverás a casa -dijo mi madre no muy convencida.
- ¿Por qué estoy aquí?
-Estás muy pálida. Y delgada.¿Te dan bien de comer aquí?.
-No lo sé. No recuerdo nada desde hace mucho tiempo. ¿Qué ha pasado?.
Vi que le cambiaba la expresión al gorila de blanco. Era un tío muy desagradable. Se acercó a mi madre de mala leche y la levantó bruscamente por el brazo.
-Se acabó el tiempo de visita,señora.
En aquel momento perdí el control de mí misma. Me levanté y le di una patada en los huevos, y mientras se agachaba un rodillazo en el estómago.
Chillaba como un cerdo.
Cuando estaba a punto de patearle la cabeza entraron unos celadores y me sujetaron por los brazos. Una enfermera que venía tras ellos me inyectó algo. Lo último que vi fue la cara de horror de mi madre.
martes, 6 de mayo de 2014
Vínculos
"... fabricamos a lo largo de nuestra vida un entramado de vínculos diversos con las personas, que alimentamos y mantenemos trabajosamente, resistiéndonos a romperlos aunque duelan, porque nuestra naturaleza nos lleva a relacionarnos intensamente con el resto del mundo, para bien y para mal."
-El mundo en tus manos, de Elsa Punset.
Ya empieza bien el libro.
sábado, 3 de mayo de 2014
Sin título II
Me dio un par de cachetes en la mejilla.
-Buena chica. - dijo riendose.
-¿Por qué estoy aquí?.
- Cállate y duerme. Mañana será otro día, zorrita.
Me dejó sola en la habitación. Sentí una opresión en el pecho, como si me hubieran puesto una enorme roca encima. Empecé a llorar y así me volví a dormir.
Alguien me sacudió por los hombros. Abrí los ojos, aunque me costaba horrores. Me pesaban los párpados. Era una mujer de unos cuarenta y cinco años, atractiva. En su identificación ponía que era doctora.
-Ya era hora de que te despertases. Me ha costado un montón. Vamos a tener que cambiarte la medicación. Si quieres que te puedan venir a visitar tienes que mejorar más todavía.
Me miró de arriba a abajo, deteniéndose en mis pechos un rato.
Se me había puesto duros como piedras y los tenía hinchados. En ese momento reparé en mi hija pequeña y me pregunté cuánto tiempo llevaría separada de ella.
-¿Dónde están mis hijas? - dije con ansiedad
La doctora intentó disimular la emoción y me respondió que ya hablaríamos de ello. Apuntó algo y se marchó.
Miré mis muñecas y vi las marcas de las correas. También me había liberado los tobillos.
Me puse de pie deprisa, y al momento me empezaron a temblar las piernas. Se me doblaban las rodillas.
Al cabo de unos cuantos intentos conseguí llegar a la puerta.
jueves, 1 de mayo de 2014
Sin título
Algo que se me ocurrió esta noche, en uno de mis múltiples despertares.
Me desperté y era de noche. Me quise levantar de la cama, pero unas correas atadas a las muñecas y tobillos me lo impedían.
Intenté mantener la calma, pero enseguida se me empezó a acelerar el pulso, y la respiración. Tiré de ellas para ver hasta donde podía llegar con mis manos, pero apenas pude separarlas de la cama.
Protesté. Maldije.Grité. Pero nadie vino a ayudarme.
Estaba sola en una habitación aséptica, con una minúscula ventana que daba a un muro. La luz de la luna entraba con cuentagotas e iluminaba un poco la cama y la puerta. Había un armario empotrado en la pared, de dos puertas muy pequeño y una mesita separada un poco de la cama.
Al cabo de un rato se abrió la puerta bruscamente. Un hombre alto y corpulento, vestido con uniforme blanco entró con pasos largos sin mirar en ningún momento en mi dirección.
Ojeó un portafolios pasando las hojas deprisa, buscando alguna cosa. Mantenía una expresión neutra.
Volvió a salir y al cabo de un rato entró con un vasito de plástico y se acercó a la cama. Se quedó de pie a mi lado y me miró. Levantó las cejas y con una sonrisa burlona me preguntó:
-¿Vas a darme problemas hoy?. Abre la boca.
Negué con la cabeza sin dejar de mirarle a los ojos. Estaba muy confundida. No recordaba absolutamente nada.
Antes de que pudiese reaccionar me introdujo un par de pastillas en la boca, empujando con los dedos hasta la garganta casi. Me tapó la nariz. Me vino una arcada pero acabé tragandolas.
Red September
Este es un relato que escribí cuando mi niña mayor, que de aquella era mi única niña, tenía dos añitos.
Intenté expresar el miedo que tenía de perderla.
No pude creerlo cuando me desperté aquella mañana.
Brillaba el sol a través de la ventana aquel día de julio. El calor me adormecía más aún cuando desperté de aquella terrible pesadilla.
Miré a mi lado, a tu cuna. Mis peores temores se habían hecho realidad. Estabas quieta. No respirabas Tú alma había viajado a un lugar lejos de mí.
Me puse a llorar a gritos, desconsoladamente. Te levanté y te apreté fuerte contra mí.
No me acuerdo de lo que pasó en las horas siguientes, ni en todo el día. Al día siguiente todas las personas que te quisimos te despedíamos, entre llantos de dolor. Estabas en tu pequeño ataúd, y yo junto a ti acariciándote la carita blanca y preciosa. Ya no quedaban más lágrimas dentro de mí, solo un vacío terrible y silencio.
Tal vez por efecto de las hierbas, o que mi mente estaba muy lejos ajena a la realidad no recuerdo los días que siguieron al último que vi tu cuerpo.
Siempre recordaré cuando te sentía dentro de mí y me dabas fuerzas cuando todo parecía estar en contra. Trajiste luz a mi vida en medio de la oscuridad. Nunca había sabido lo que era ser feliz hasta que estuviste conmigo durante esos dos años escasos.
El mundo y la gente eran demasiado para mí, siempre me sentí sola. Hasta que llegaste a mi vida. Tú eras mi vida. Tu sonrisa, tu alegría… solo con mirarte era feliz. Apenas podíamos separarnos. Tus abrazos y besos, tus rizos de duendecillo y tus ojos azules como el mar, grandes, limpios y cálidos.
El mar… en este momento estoy mirando al mar. Las olas golpean contra las rocas, embravecidas. Miro hacia arriba, el cielo se empieza a nublar. Vuelvo a mirar hacia abajo. Siempre me pareció que tiene un encanto especial, algo mágico. Bajo hacia la arena, voy caminando lentamente hacia la orilla. Ahora siento el agua fría en mis pies. Me llega hasta el tobillo. Me adentro, cada vez más rápido. Cuando llega a la cintura siento que me cuesta respirar. Está muy fría.
Estamos en otoño, quedarían unos días para tu cumpleaños. Es una buena idea no dar la vuelta y ruego a los dioses que me dejen encontrarme contigo pronto. Estoy sumergida, con los ojos cerrados. Siento la corriente a mi alrededor, que me arrastra hacia dentro. Ya no tocan mis pies el fondo. Se me enrolla el vestido en las piernas y el pelo en el cuello. Ya no debe quedar mucho para morir.
Dejé de sentir frío, ya no necesitaba respirar. La luz lo inundaba todo. Veo una figura, sentada a lo lejos. Va vestida de rojo y está de espaldas. De repente gira la cabeza hacia mí y me mira. Aquellos ojos azules se abren cada vez más y esboza una sonrisa pícara de dientes pequeñitos y afilados.
Corro hacia ella, mientras se pone de pie y abre sus bracitos hacia mí. – ¡mamá!-grita.
Nos abrazamos y la levanto en brazos. Me hablabas con tu vocecita, pero te entendía todo. Me dijiste las cosas que nunca te había entendido. Yo te conté lo feliz que me sentía de estar otra vez contigo y que desde este momento siempre estaríamos juntas, caminando entre los árboles de hojas rojas.
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