martes, 6 de mayo de 2014

Vínculos



"... fabricamos a lo largo de nuestra vida un entramado de vínculos diversos con las personas, que alimentamos y mantenemos trabajosamente, resistiéndonos a romperlos aunque duelan, porque nuestra naturaleza nos lleva a relacionarnos intensamente con el resto del mundo, para bien y para mal."

 -El mundo en tus manos, de Elsa Punset.
 Ya empieza bien el libro.

sábado, 3 de mayo de 2014

Sin título II



Me dio un par de cachetes en la mejilla.
 -Buena chica. - dijo riendose.
 -¿Por qué estoy aquí?.
- Cállate y duerme. Mañana será otro día, zorrita.

Me dejó sola en la habitación. Sentí  una opresión en el pecho, como si me hubieran puesto una enorme roca encima. Empecé a llorar y así me volví a dormir.

Alguien me sacudió por los hombros. Abrí los ojos, aunque me costaba horrores. Me pesaban los párpados. Era una mujer de unos cuarenta y cinco años, atractiva. En su identificación ponía que era doctora.
  -Ya era hora de que te despertases. Me ha costado un montón. Vamos a tener que cambiarte la medicación. Si quieres que te puedan venir a visitar tienes que mejorar más todavía.

Me miró de arriba a abajo, deteniéndose en mis pechos un rato.
Se me había puesto  duros como piedras y los tenía hinchados. En ese momento reparé en mi hija pequeña y me pregunté cuánto tiempo llevaría separada de ella.
  -¿Dónde están mis hijas? - dije con ansiedad

La doctora intentó disimular la emoción y me respondió que ya hablaríamos de ello. Apuntó algo y se marchó.

Miré mis muñecas y vi las marcas de las correas. También me había liberado los tobillos.
Me puse de pie deprisa, y al momento me empezaron a temblar las piernas. Se me doblaban las rodillas.
Al cabo de unos cuantos intentos conseguí llegar a la puerta.

jueves, 1 de mayo de 2014

Sin título


Algo que se me ocurrió esta noche, en uno de mis múltiples despertares.




Me desperté y era de noche. Me quise levantar de la cama, pero unas correas atadas a las muñecas y tobillos me lo impedían.
Intenté mantener la calma, pero enseguida se me empezó a acelerar el pulso, y la respiración. Tiré de ellas para ver hasta donde podía llegar con mis manos, pero apenas pude separarlas de la cama.
Protesté. Maldije.Grité. Pero nadie vino a ayudarme.

Estaba sola en una habitación aséptica, con una minúscula ventana que daba a un muro. La luz de la luna entraba con cuentagotas e iluminaba un poco la cama y la puerta. Había un armario empotrado en la pared, de dos puertas muy pequeño y una mesita separada un poco de la cama.

Al cabo de un rato se abrió la puerta bruscamente. Un hombre alto y corpulento, vestido con uniforme blanco entró con pasos largos sin mirar en ningún momento en mi dirección.
Ojeó un portafolios pasando las hojas deprisa, buscando alguna cosa. Mantenía una expresión neutra.
Volvió a salir y al cabo de un rato entró con un vasito de plástico y se acercó a la cama. Se quedó de pie a mi lado y me miró. Levantó las cejas y con una sonrisa burlona me preguntó:

    -¿Vas a darme problemas hoy?. Abre la boca.

Negué con la cabeza sin dejar de mirarle a los ojos. Estaba muy confundida. No recordaba absolutamente nada.
Antes de que pudiese reaccionar me introdujo un par de pastillas en la boca, empujando con los dedos hasta la garganta casi. Me tapó la nariz. Me vino una arcada pero acabé tragandolas.

Red September


Este es un relato que escribí cuando mi niña mayor, que de aquella era mi única niña, tenía dos añitos.
Intenté expresar el miedo que tenía de perderla.


No pude creerlo cuando me desperté aquella mañana.
Brillaba el sol a  través de la ventana aquel día de julio. El calor me adormecía más aún cuando desperté de aquella terrible pesadilla.
Miré a mi lado, a tu cuna. Mis peores temores se habían hecho realidad. Estabas quieta. No respirabas Tú alma había viajado a un lugar lejos de mí.
Me puse a llorar a gritos, desconsoladamente. Te levanté y te apreté fuerte contra mí.
 
No me acuerdo de lo que pasó en las horas siguientes, ni en todo el día. Al día siguiente todas las personas que te quisimos te despedíamos, entre llantos de dolor. Estabas en tu pequeño ataúd, y yo junto a ti acariciándote la carita blanca y preciosa. Ya no quedaban más lágrimas dentro de mí, solo un vacío terrible y silencio.
Tal vez por efecto de las hierbas, o que mi mente estaba muy lejos ajena a la realidad no recuerdo los días que siguieron al último que vi tu cuerpo.
 
Siempre recordaré cuando te sentía dentro de mí y me dabas fuerzas cuando todo parecía estar en contra. Trajiste luz a mi vida en medio de la oscuridad. Nunca había sabido lo que era ser feliz hasta que estuviste conmigo durante esos dos años escasos.
El mundo y la gente eran demasiado para mí, siempre me sentí sola. Hasta que llegaste  a mi vida. Tú eras mi vida. Tu sonrisa, tu alegría… solo con mirarte era feliz. Apenas podíamos separarnos. Tus abrazos y besos, tus rizos de duendecillo y tus ojos azules como el mar, grandes,  limpios y cálidos.
 
El mar… en este momento estoy mirando al mar. Las olas golpean contra las rocas, embravecidas. Miro hacia arriba, el cielo se empieza a nublar. Vuelvo a mirar hacia abajo. Siempre me pareció que tiene un encanto especial, algo mágico. Bajo hacia la arena, voy caminando lentamente hacia la orilla. Ahora siento el agua fría en mis pies. Me llega hasta el tobillo. Me adentro, cada vez más rápido. Cuando llega a la cintura siento que me cuesta respirar. Está muy fría.
Estamos en otoño, quedarían unos días para tu cumpleaños. Es una buena idea no dar la vuelta y ruego a los dioses que me dejen encontrarme contigo pronto. Estoy sumergida, con los ojos cerrados. Siento la corriente a mi alrededor, que me arrastra hacia dentro. Ya no tocan mis pies el fondo. Se me enrolla el vestido en las piernas y el pelo en el cuello. Ya no debe quedar mucho para morir.
 
Dejé de sentir frío, ya no necesitaba respirar. La luz lo inundaba todo. Veo una figura, sentada a lo lejos. Va vestida de rojo y está de espaldas. De repente gira la cabeza hacia mí y me mira. Aquellos ojos azules se abren cada vez más y esboza una sonrisa pícara de dientes pequeñitos y afilados.
Corro hacia ella, mientras se pone de pie y abre sus bracitos hacia mí. – ¡mamá!-grita.
Nos abrazamos y la levanto en brazos. Me hablabas con tu vocecita, pero te entendía todo. Me dijiste las cosas que nunca te había entendido. Yo te conté lo feliz que me sentía de estar otra vez contigo y que desde este momento siempre estaríamos juntas, caminando entre los árboles de hojas rojas.