Me encanta ver, querida apática,
de tu bello cuerpo,
como una tela vacilante
el leve espejeo.
En tu densa cabellera,
de acres perfumes,
mar aromático y errante
de oleaje azul,
como un navío desperezandose
al aire matinal,
mi soñadora alma apareja
rumbo a extraño cielo.
Tus ojos que nada revelan
de dulce o amargo,
son dos frías joyas que aúnan el oro y el hierro.
Al verte marchar cadenciosa,
bella negligente,
se diría que baila una sierpe
al final de un palo.
Bajo el fardo de tu pereza
tu cabeza niña
se balance con la molicie
de un elefantito
y tu cuerpo se alarga y se inclina
como una barquilla
que de borda se escora, cayendo su mástil al agua.
Como río que acrece el deshielo
de un glaciar rugiente,
cuando el agua de tu boca asciende
a flor de tus labios,
creo beber vino de bohemia
amargo y triunfante,
un líquido cielo que siembra
mi alma de estrellas.
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