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Era un viernes al mediodía.
Hacía un calor horrible en el aula donde se impartía el
curso para desempleados. Todos los alumnos parecían somnolientos y nos
costaba pensar, en mi caso al menos.
Mantener los ojos abiertos ya era toda una hazaña para mí, y
de un momento a otro se me olvidaba lo que iba a decir. Me era difícil
articular palabra.
He de reconocer que sentía cierto alivio al comprobar
torpeza en el resto de mis compañeros.
Quien no se confundía al hablar, tropezaba tontamente o si no directamente
parecía que se dormía sobre el escritorio.
Estaba tranquila hasta que me di cuenta de que parecían
enfermos. Algunos, como yo, no podían mantener los ojos abiertos. Otros se
estaban poniendo pálidos y parecía que se fueran a desmayar. Los que más me
preocupaban eran los que miraban a la profesora, totalmente desorientados, sin
poder hablar. Hacían el movimiento de la boca pero no salía ningún ruido de
ella.
Los que estábamos mejor nos mirábamos encogiéndonos de
hombros. No sabía que hacer.
La chica que tenía al lado empezó a sudar mucho de repente y
murmuraba.
Le sugerí que pidiera
permiso para marcharse a casa pero no me hizo caso. Ni me miró.
Mientras tanto la clase seguía, hasta que la profesora quedó
callada de repente. La llevaba escuchando un buen rato sin prestarle atención.
La miré y tenía muy mala cara. Se quedó parada con la boca entreabierta. Y sin
más le flojearon las rodillas y se desmayó.
Unos compañeros y yo nos acercamos para intentar ayudarla.
Me dio muy mala impresión, porque parecía más muerta que viva. Alguien me dijo
que fuera a pedir ayuda, y salí a toda
prisa hacia el cuarto de administración del centro. La puerta estaba cerrada y
no había nadie dentro. Saqué mi móvil y llamé a emergencias.
Después volví a clase y aquello era un caos. La mitad de los
alumnos más la profesora estaban tendidos en el suelo o desvanecidos en las
sillas.
Escuché a uno de mis compañeros decir que la profesora no
tenía pulso. Empezaron entonces los gritos y los nervios. Salimos corriendo del aula mientras algunos
se quedaban a cuidando de los enfermos.
En la clase de al lado las cosas parecían estar aún peor. La
gente corría y gritaba intentando alcanzar la puerta. Alguien me empujó fuera y
se cerró la puerta. Por más que lo intentara no se podía abrir.
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