jueves, 18 de abril de 2019

Vanidad

La vida de Olivia se vino abajo en un momento.
Esa mañana se había despertado al lado de su novio y le besó como cada día en la espalda, antes de levantarse. Esta vez él no reaccionó.
Era el último día de trabajo antes de sus vacaciones y estaba ansiosa por llegar a casa y celebrarlo con él. Los minutos parecían horas…
Cuando por fin llegó el final de la jornada se despidió a toda prisa y fue lo más rápido que pudo a su casa, a tan solo unas calles de allí.
Al llegar gritó su nombre con alegría anunciándole su llegada. Pero nadie respondió. En su lugar  la recibió  Pity, el gato callejero que había adoptado un par de años atrás.
Colgó su bolso de una percha y le buscó. Al principio pensó que se trataba de una broma, hasta que al llegar al cuarto de baño vio una nota en el espejo:
-Han sido unos años maravillosos. Pero se acabó. No me busques.
Leyó el mensaje un par de veces. No había lugar a confusión.

Se sentó con los billetes de avión en la mano, mirándolos como hipnotizada. No parpadeaba, apenas notaba su propia respiración. Era como si hubiese caído en el vacío, aislada de todo y de todos.
Pasaron los días y sonaba el teléfono, pero nunca contestaba. Después de haber regalado el viaje a una amiga se encerró en casa sin tener contacto con nadie. La llamaban sus padres, sus hermanos y sus amigos. El móvil estaba lleno de mensajes, como pasaba con su e-mail.  Después de un tiempo decidió apagar y desconectar los teléfonos, y si venía alguien no abría. Hablaba a través de la puerta intentando tranquilizar a los que se preocupaban por ella.
No había derramado una sola lágrima. Caminaba por su casa como un alma en pena, pensando. Pensando por qué se había marchado. Qué habría hecho mal.  Se dejaba ahogar en su dolor.
Al pasar por la entrada de la casa se paró ante el enorme espejo. Era un armario de tres puertas, que llegaba casi hasta el techo. No le gustaba lo que contemplaba: su pelo sucio de cuatro días pegado a la cabeza, la camiseta sucia de manchas de todo tipo. Al llevar pantalones cortos se notó las piernas más delgadas. Estaba más pálida que de costumbre. Se acarició la cara como comprobando que siguiese allí, sintiendo el tacto graso de su piel. Se miró a los ojos y se sobresaltó al ver unas ojeras abultadas, de tono violeta. Levantó las cejas y apartó la vista. Ya era suficiente.

Esa misma tarde llamó a unas amigas para quedar por la noche.
Se puso su vestido más sexy y sus zapatos más bonitos. Tardó un buen rato en peinarse.
Fue a maquillarse al baño, bajo la luz fluorescente. Fue ocultando sus imperfecciones bajo capas de maquillaje, resaltando sus carnosos labios.
Fue a coger el bolso para marcharse a toda prisa, pero no pudo evitar echarse un último vistazo en el espejo de la entrada. Sonrió complacida y estuvo tentada  de darle un beso a su reflejo. Se rio de su ocurrencia y cerró la puerta.
A medida que pasaba el tiempo se iba encontrando mejor. Disfrutaba de lo que le quedaba de vacaciones en compañía de sus amigos por la ciudad y también de su soledad.
Solía sentarse delante del espejo de la entrada, con una copa en la mano.
Se miraba de arriba abajo y sonreía mientras llevaba la bebida a la boca.
Muchas veces lo hacía en ropa interior. Sentía una misteriosa atracción por ese espejo. Le encantaba mirarse en él y se sentía muy sensual. Abría las piernas y las volvía a cerrar, juntando sus rodillas. Sonreía como si estuviera haciendo travesuras para un amante escondido.
De hecho en esos momentos no se sentía sola.
Cuando estaba mal, se calmaba apoyando su frente en el espejo. Sentía como la ansiedad iba desapareciendo poco a poco. Pasaba muchos minutos, a veces horas allí.
Una de sus últimas noches de vacaciones se preparó un té para tomarlo en el salón viendo la televisión.
Esta vez no reparó en el espejo y atravesó el pasillo. Ese día había estado bastante ocupada fuera de casa.
Cuando dejó el té sobre la mesita escuchó un ruido que provenía del pasillo. Cuando se asomó no vio nada.
Encendió la tele y volvió  a oír un golpe más fuerte. Esta vez caminó por el pasillo para ver qué se había caído.
De repente sintió un mareo muy fuerte y se tuvo que apoyar en lo que más cerca tenía- Sintió calor entre su mano y el cristal. Un calambre recorrió su brazo.
El mareo se le fue pasando y a medida que se iba encontrando mejor iba siendo más fuerte la sensación.
La estaban observando. Miró su reflejo en el espejo, pero esa mirada no era la suya.

Se quedó paralizada manteniendo la mirada a su “otro yo”, al reflejo del espejo. Mientras la mueca de su cara era totalmente de pánico, la imagen que devolvía el espejo era de ella misma sonriente y pícara.
Se quedó sentada enfrente del espejo, y el reflejo se sentó también.
Al cabo de un minuto la sonrisa del rostro en el espejo se borró para dar paso a una siniestra mueca. Se acercó a gatas hasta Olivia, que no podía  ni moverse del horror que sentía.
Salió del espejo,  y la cara del ser quedó justo enfrente de la de ella sin poder ésta mover un solo músculo. Le acarició cada centímetro del contorno de su cara y posó sus labios en los de ella.
Ella misma estaba siendo besada apasionadamente por su “otro yo”, por ese ser celoso que habitaba en el espejo. Su energías se fundían, y cuanto más apasionado era el beso más costaba distinguir un cuerpo del otro. Se estaban volviendo una. Era un abrazo fuerte, el ser la tenía atrapada entre sus piernas mientras cogía su cara entre las manos y a Olivia no le quedó más remedio que rendirse ante la situación.
Perdió la conciencia durante unos segundos.
Cuando despertó se encontraba exhausta, sentada donde se había quedado. Miraba su reflejo con desconfianza, pero nada indicaba que pasara algo fuera de lo normal.
Era ella la que se sentía distinta.
Se notaba más fuerte, más sensual, más valiente. Notaba también una violencia inexplicable en sus entrañas, una rabia que no conocía.
Estaba agotada. Se fue para la cama y durmió más horas seguidas que en toda su vida.
Cuando se levantó se vistió con calma. Ya no era solo Olivia la que se miraba al espejo. El ser vivía dentro de ella y haría muchas cosas en ese nuevo cuerpo que había poseído. Convivirían en armonía por el resto de sus días.

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