sábado, 3 de mayo de 2014

Sin título II



Me dio un par de cachetes en la mejilla.
 -Buena chica. - dijo riendose.
 -¿Por qué estoy aquí?.
- Cállate y duerme. Mañana será otro día, zorrita.

Me dejó sola en la habitación. Sentí  una opresión en el pecho, como si me hubieran puesto una enorme roca encima. Empecé a llorar y así me volví a dormir.

Alguien me sacudió por los hombros. Abrí los ojos, aunque me costaba horrores. Me pesaban los párpados. Era una mujer de unos cuarenta y cinco años, atractiva. En su identificación ponía que era doctora.
  -Ya era hora de que te despertases. Me ha costado un montón. Vamos a tener que cambiarte la medicación. Si quieres que te puedan venir a visitar tienes que mejorar más todavía.

Me miró de arriba a abajo, deteniéndose en mis pechos un rato.
Se me había puesto  duros como piedras y los tenía hinchados. En ese momento reparé en mi hija pequeña y me pregunté cuánto tiempo llevaría separada de ella.
  -¿Dónde están mis hijas? - dije con ansiedad

La doctora intentó disimular la emoción y me respondió que ya hablaríamos de ello. Apuntó algo y se marchó.

Miré mis muñecas y vi las marcas de las correas. También me había liberado los tobillos.
Me puse de pie deprisa, y al momento me empezaron a temblar las piernas. Se me doblaban las rodillas.
Al cabo de unos cuantos intentos conseguí llegar a la puerta.

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