Este es un relato que escribí cuando mi niña mayor, que de aquella era mi única niña, tenía dos añitos.
Intenté expresar el miedo que tenía de perderla.
No pude creerlo cuando me desperté aquella mañana.
Brillaba el sol a través de la ventana aquel día de julio. El calor me adormecía más aún cuando desperté de aquella terrible pesadilla.
Miré a mi lado, a tu cuna. Mis peores temores se habían hecho realidad. Estabas quieta. No respirabas Tú alma había viajado a un lugar lejos de mí.
Me puse a llorar a gritos, desconsoladamente. Te levanté y te apreté fuerte contra mí.
No me acuerdo de lo que pasó en las horas siguientes, ni en todo el día. Al día siguiente todas las personas que te quisimos te despedíamos, entre llantos de dolor. Estabas en tu pequeño ataúd, y yo junto a ti acariciándote la carita blanca y preciosa. Ya no quedaban más lágrimas dentro de mí, solo un vacío terrible y silencio.
Tal vez por efecto de las hierbas, o que mi mente estaba muy lejos ajena a la realidad no recuerdo los días que siguieron al último que vi tu cuerpo.
Siempre recordaré cuando te sentía dentro de mí y me dabas fuerzas cuando todo parecía estar en contra. Trajiste luz a mi vida en medio de la oscuridad. Nunca había sabido lo que era ser feliz hasta que estuviste conmigo durante esos dos años escasos.
El mundo y la gente eran demasiado para mí, siempre me sentí sola. Hasta que llegaste a mi vida. Tú eras mi vida. Tu sonrisa, tu alegría… solo con mirarte era feliz. Apenas podíamos separarnos. Tus abrazos y besos, tus rizos de duendecillo y tus ojos azules como el mar, grandes, limpios y cálidos.
El mar… en este momento estoy mirando al mar. Las olas golpean contra las rocas, embravecidas. Miro hacia arriba, el cielo se empieza a nublar. Vuelvo a mirar hacia abajo. Siempre me pareció que tiene un encanto especial, algo mágico. Bajo hacia la arena, voy caminando lentamente hacia la orilla. Ahora siento el agua fría en mis pies. Me llega hasta el tobillo. Me adentro, cada vez más rápido. Cuando llega a la cintura siento que me cuesta respirar. Está muy fría.
Estamos en otoño, quedarían unos días para tu cumpleaños. Es una buena idea no dar la vuelta y ruego a los dioses que me dejen encontrarme contigo pronto. Estoy sumergida, con los ojos cerrados. Siento la corriente a mi alrededor, que me arrastra hacia dentro. Ya no tocan mis pies el fondo. Se me enrolla el vestido en las piernas y el pelo en el cuello. Ya no debe quedar mucho para morir.
Dejé de sentir frío, ya no necesitaba respirar. La luz lo inundaba todo. Veo una figura, sentada a lo lejos. Va vestida de rojo y está de espaldas. De repente gira la cabeza hacia mí y me mira. Aquellos ojos azules se abren cada vez más y esboza una sonrisa pícara de dientes pequeñitos y afilados.
Corro hacia ella, mientras se pone de pie y abre sus bracitos hacia mí. – ¡mamá!-grita.
Nos abrazamos y la levanto en brazos. Me hablabas con tu vocecita, pero te entendía todo. Me dijiste las cosas que nunca te había entendido. Yo te conté lo feliz que me sentía de estar otra vez contigo y que desde este momento siempre estaríamos juntas, caminando entre los árboles de hojas rojas.
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