domingo, 10 de agosto de 2014

Sin título III





Me desplacé por el pasillo apoyándome en la pared. A lo lejos había un mostrador. Desde donde yo estaba no se veía a nadie, así que seguí avanzando hasta que oi una voz familiar. Se me encogió el corazón al darme cuenta de que era la de mi madre. Desde la muerte de mi marido se había convertido en mi mejor apoyo. Seguro que las niñas estaban con ella.

Me caí al intentar ir más rápido.

Al oir el golpe la recepcionista se acercó a toda prisa pidiendo ayuda. Mi madre miraba de lejos hasta que se dio cuenta de que la que estaba en el suelo era su hija. Se puso a gritar mi nombre.

- ¿Dónde están mis niñas?- le pregunté cuando estaba a mi lado.

Se tapó la cara con las manos y se dio la vuelta.

Sentí como si me hubieran clavado un puñal en el estómago. Empecé a atar cabos.

Tenía que haber pasado algo muy grave para que me hubiesen atado y llevase varios días inconsciente. Nadie quería hablarme de las niñas.




Alguien me ayudó a ponerme en pie, pero apenas podía sostenerme porque se me doblaban las rodillas.

Mi madre se acercó y me abrazó, besándome toda la cara. Sentí un alivio enorme en ese momento. Estaba segura de que jamás lo hubiera hecho si les hubiese hecho daño a mis niñas. Sonreí.

- Las niñas están bien. Estamos cuidando de ellas. No te preocupes, cielo.




Me ayudaron a llegar a la habitación. Era como si me hubiesen quitado una losa de encima. Me dejaron sentada en la cama. Mi madre se sentó a mi lado y se puso a rebuscar en su bolso.

El hombre alto y corpulento nos vigilaba, con los brazos cruzados sobre el pecho.

Al cabo de un rato mi madre consiguió encontrar su móvil. Fue pasando el dedo por la pantalla. Cada vez más deprisa, impaciente. Es rato se me hizo eterno. Me mostró la pantalla. Era una foto de mis hijas (vivas y felices). Fue pasando y vi más fotos. Debía de ser verano porque estaban morenitas y en alguna salían con bañador en la playa. Estaban preciosas.

Una sensación de felicidad y bienestar me invadió, de las entrañas hasta el pecho.




-No te preocupes cariño. Pasarás aquí una temporada. Pero volverás a casa -dijo mi madre no muy convencida.

- ¿Por qué estoy aquí?

-Estás muy pálida. Y delgada.¿Te dan bien de comer aquí?.

-No lo sé. No recuerdo nada desde hace mucho tiempo. ¿Qué ha pasado?.

Vi que le cambiaba la expresión al gorila de blanco. Era un tío muy desagradable. Se acercó a mi madre de mala leche y la levantó bruscamente por el brazo.

-Se acabó el tiempo de visita,señora.

En aquel momento perdí el control de mí misma. Me levanté y le di una patada en los huevos, y mientras se agachaba un rodillazo en el estómago.

Chillaba como un cerdo.

Cuando estaba a punto de patearle la cabeza entraron unos celadores y me sujetaron por los brazos. Una enfermera que venía tras ellos me inyectó algo. Lo último que vi fue la cara de horror de mi madre.

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