Tenerle tan cerca sin poder tocarle era una tortura.
Una mesa de cafetería nos separaba, pero según pasaba el tiempo nos íbamos acercando el uno al otro hasta que quedamos al lado.
Yo sonreía tímida y le oía hablar, sin escucharle realmente. Sostenía la taza de café por el asa, esperando el momento idóneo para llevarlo a la boca.
Le oía hablar. Sus palabras para mí eran como la lluvia que cae mientras me concentraba en mirar sus labios, absorta. Él me sonreía de vez en cuando.
No paraba en su discurso. Tomaba su café a sorbos muy pequeños y espaciados, con la excusa de que estaba demasiado caliente.
Nuestros muslos habían quedado uno al lado del otro. Muy cerca. Él llevaba su mano a lo largo de su pierna, como alisando el pantalón. De vez en cuando el dorso de su mano rozaba mi muslo. Yo fingía no darme cuenta, pero disfrutaba esas caricias furtivas.
La conversación seguía su curso, sin dar importancia a esos roces. Nos mirábamos a los ojos.
Al cabo de un rato terminamos nuestro café y nos levantamos.
Después de pagar nos marchamos y caminamos por la acera hasta llegar a nuestro punto de partida.
Besó mi pómulo derecho y luego el izquierdo. Éramos un par de amigos que se despedían.
-Un placer conocerte.
-Lo mismo digo. Nos veremos pronto.
-Eso espero.
Se dio la vuelta y se marchó, sin mirar atrás.
Nunca más supe de él.
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