viernes, 13 de febrero de 2015

El otro bullying



Siempre saqué muy buenas notas en el colegio.
No creo que fuese mucho más inteligente que los demás, pero si tenía un empuje y ambición más grande que muchos de los niños.
Nadie me ayudaba con los deberes. Si acaso me preguntaban la lección y poco más. Sé por propia experiencia que los padres tendrían la “obligación” de estar encima de ti ayudándote con ello. Yo ahora lo estoy viviendo con mi hija mayor. A veces me siento culpable por no estar en la misma habitación que ella cuando hace los deberes. Le pregunto la lección si toca. Si no sabe algo se lo explico. Punto.
A lo que iba... yo sacaba buenas notas porque me gustaba. Me gustaba la alegría que provocaba en mi madre y sentirme mejor que los demás. Competía. Y todo fue bien hasta que en octavo o primero de BUP empecé suspendiendo matemáticas.
En ese momento mi moral se vino abajo. Tuve problemas con “amigas” por otros asuntos que no me apetece contar. Ya me sentía inferior.
Me quedé sin amigos. Sin nadie con quien estar. Pasaba los descansos sola o me iba a mi casa, que estaba al lado del colegio a charlar con mis abuelos. Luego volvía a clase.
De vez en cuando les imponía mi presencia a algún grupito de los que no me sentía parte. Hablaban delante de mí de fiestas y reuniones a las que no me invitaban. Y yo seguía estando allí, como un mueble. Callada y sufriendo.
Me pregunto por qué en vez de intentar que me aceptasen sin más no aproveché el tiempo para estudiar. Aprovechar mi soledad.
A mí nadie me tocó. Y si me pegaron no me quedé con el golpe, de eso me acuerdo perfectamente.
A mí siempre me dolió la indiferencia, que me ignorasen. Me sentía cada vez más pequeña y cada vez sacaba peores notas.
Conseguí acabar el instituto con mucho esfuerzo, con muchas asignaturas para el verano. Pero no repetí nunca curso.
Hice la selectividad sacando una nota cutre. Pero después de ese verano no supe más de nadie. Me alegré mucho de no tener que volver al colegio.
El único novio que tuve por aquella época me dejó una vez porque sus amigos le decían que era muy rara. La segunda vez ni me acuerdo por qué. Sé que fue doloroso.
En aquella època lo raro no molaba. Ser especial o diferente te apartaba del resto, no era tan guay como parece que es ahora.
Yo vestía de negro, o con cazadoras viejas de mi padre. Calcetines blancos con zapatos negros (mis muy queridos “zapatos de bruja” como les llamaba). También tenía unas botas rojas que me quedaban grandes y decían que parecía de payaso.

Pues eso. Que hay muchas formas de pasarlo mal en el instituto o en el colegio. La indiferencia hace daño también.

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