Siempre saqué muy buenas notas en el
colegio.
No creo que fuese mucho más
inteligente que los demás, pero si tenía un empuje y ambición más
grande que muchos de los niños.
Nadie me ayudaba con los deberes. Si
acaso me preguntaban la lección y poco más. Sé por propia
experiencia que los padres tendrían la “obligación” de estar
encima de ti ayudándote con ello. Yo ahora lo estoy viviendo con mi
hija mayor. A veces me siento culpable por no estar en la misma
habitación que ella cuando hace los deberes. Le pregunto la lección
si toca. Si no sabe algo se lo explico. Punto.
A lo que iba... yo sacaba buenas notas
porque me gustaba. Me gustaba la alegría que provocaba en mi madre y
sentirme mejor que los demás. Competía. Y todo fue bien hasta que
en octavo o primero de BUP empecé suspendiendo matemáticas.
En ese momento mi moral se vino abajo.
Tuve problemas con “amigas” por otros asuntos que no me apetece
contar. Ya me sentía inferior.
Me quedé sin amigos. Sin nadie con
quien estar. Pasaba los descansos sola o me iba a mi casa, que estaba
al lado del colegio a charlar con mis abuelos. Luego volvía a clase.
De vez en cuando les imponía mi
presencia a algún grupito de los que no me sentía parte. Hablaban
delante de mí de fiestas y reuniones a las que no me invitaban. Y yo
seguía estando allí, como un mueble. Callada y sufriendo.
Me pregunto por qué en vez de intentar
que me aceptasen sin más no aproveché el tiempo para estudiar.
Aprovechar mi soledad.
A mí nadie me tocó. Y si me pegaron
no me quedé con el golpe, de eso me acuerdo perfectamente.
A mí siempre me dolió la
indiferencia, que me ignorasen. Me sentía cada vez más pequeña y
cada vez sacaba peores notas.
Conseguí acabar el instituto con mucho
esfuerzo, con muchas asignaturas para el verano. Pero no repetí
nunca curso.
Hice la selectividad sacando una nota
cutre. Pero después de ese verano no supe más de nadie. Me alegré
mucho de no tener que volver al colegio.
El único novio que tuve por aquella
época me dejó una vez porque sus amigos le decían que era muy
rara. La segunda vez ni me acuerdo por qué. Sé que fue doloroso.
En aquella època lo raro no molaba.
Ser especial o diferente te apartaba del resto, no era tan guay como
parece que es ahora.
Yo vestía de negro, o con cazadoras
viejas de mi padre. Calcetines blancos con zapatos negros (mis muy
queridos “zapatos de bruja” como les llamaba). También tenía
unas botas rojas que me quedaban grandes y decían que parecía de
payaso.
Pues eso. Que hay muchas formas de
pasarlo mal en el instituto o en el colegio. La indiferencia hace
daño también.
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